Abolir la distancia entre el lenguaje y las cosas, para eso sirve la poesía, el hombre es un surtidor de evidencias. El lenguaje es simbólico porque trata de poner en relación dos realidades heterogéneas, al hombre y a las cosas que nombra, pero claro, el lenguaje sólo es capaz de reducir a equivalencias, a cosas generalizadas, la imperfección concreta de la heterogeneidad de cada cosa, es decir, nos servimos de símbolos generales para nombrar cada árbol que es único, concreto, a cada piedra la llamamos piedra, a cada persona la llamamos tú, y cada ladrillo es un ladrillo y cada árbol es como un armario. Con la metáfora, conseguimos que no desaparezca la particularidad de cada cosa, porque el hechicero hace que salte el vino y se rompan todos los electrodomésticos.
Podemos elegir: o trasformamos nuestra vida en poesía o hacemos poesía con nuestra vida, o las dos cosas o ninguna de las dos. Podemos coger una carretilla mientras fumamos un Mallboro y llevar sacos de cemento para preparar la masa con que llenaremos el encofrado, podemos llegar a casa y decir hola querida qué tal los niños podemos atarnos los cordones mientras pensamos en qué camisa nos vamos a poner o bien, podemos, podemos mirarnos al espejo y hablar como Cortázar “cuando te regalan un reloj…” y hacer listas de los escritores que nunca vamos a leer.
Lo poético existe porque nosotros existimos, lo poético no está fuera, no es un atardecer, nosotros le damos el ser poético a lo que de por sí no es más que realidad, mundo, ropa sucia por el suelo, programación de madrugada. El trozo, la carne, el bistec, las rodajas de merluza con aceite y perejil. La poesía nace de la creación voluntaria, lo poético del azar, pero ni una cosa ni la otra existen sin una inteligencia creadora, perceptora, una percepción creadora. Es decir, YO.